Son escasas las ocasiones en las que las nevadas son copiosas en la Sierra de la Culebra. Cuando se inicia la más tímida caída de un copo en tierra de lobos, el resorte del rastreo se activa. Calibre, cámara compacta de fotos, libreta y lapicero, son algunos de los imprescindibles pertrechos con los que el naturalista se acopia con el sueño de reflejar sus expectativas. En esta ocasión, no hubo que salir a la carrera ante la inminencia del desvanecimiento de la escasa precipitación, es más, se echó en falta unas buenas raquetas de nieve con las que atravesar campo con acumulaciones que alcanzaban en algunos casos hasta la rodilla.

 

ver, observar, lobo, Sierra de la Culebra

Devenir lobuno por las inmediaciones del lugar de captura.

 

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En las inmediaciones. Rastro acompañado de marcaje con excremento sobre la vegetación.

Ante semejante escenario polar, el corazón se acelera sabedor de apasionantes hallazgos. Descubres los pasillos de los passeriformes buscando refugio entre la vegetación, su desesperada búsqueda de alimento rebajando la precaución; los erráticos desplazamientos de ciervos y jabalíes ante el inesperado cambio de escenario; los andares a brincos de los zorros y, quién orina y defeca profanando el higiénico y refractario inodoro.

 

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Marcaje con orina.

El cielo también escribe y nos habla a este respecto. Es más, el trazado rastreador se horadó en la gélida atmósfera por medio de quien usa la pluma como herramienta de vuelo. Si, como en otras tantas ocasiones, quienes desde la altura todo lo divisan y lo anuncian con su graznido o con su estilismo de cometa en el sobrevuelo, cartografiaron una mesa repleta de comensales. Estos “farolillos” que te ayudan a ganar honores en el descubrimiento, brujulearon mi esforzado y penoso discurrir por los ralos brezales vestidos con sayo blanco.

 

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Zona de captura. Flechas rojas: restos del cuerpo abatido. Flecha verde: marcaje con deposición. Flecha amarilla: marcaje con orina. Estrellas azules: nieve con restos de sangre, superficie de alimentación.

Pasar desapercibido en movimiento en campo abierto para observadores tan avezados resulta ingenuo, la estrategia pasa por parapetarse entre la más desarrollada vegetación, moverse sin brusquedad, con parsimonia, y quedarse inmóvil en el momento de acercarse hasta un punto donde se domine la visual en la que te referencien los delatores carroñeros.

 

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Costillas trabajadas a carnicera.

Una discreta depresión del terreno mantiene con su suelo profundo un cinturón de robles bien desarrollados y desprovistos de su foliar epidermis. En ellos, los semblantes oscuros de las cornejas ornamentan las ramas. La experiencia me dice que espere, que probablemente no se encuentre el cadáver justo por debajo del córvido dosel, que sólo sea expectación precavida a la distancia. Los ocho que con la rectriz escotada garabateaban y endulzaban el aire con su silbo, se fueron retirando progresivamente en la lejanía. Como milanos reales, como buenos carroñeros, debían continuar buscando la agraciada muerte. Transcurridos unos minutos, unas cornejas alejadas de los posaderos e inconscientes de mi llegada, desde el suelo, levantan el vuelo con su buche satisfecho. Algunas me sobrevuelan sorprendidas de mi cercanía y contrariadas ante su imprudencia, -el depredador bípedo tan cercano y nosotras tan despistadas- , pensarían.

 

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El vuelo de los bellos milanos reales es realmente hipnotizante. Sus concentraciones revelan la situación de las carroñas.

 

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En las inmediaciones. Rastro de al menos dos individuos. Sangrado vaginal de la hembra debido al periodo de ovulación (finales proestro, mediados estro) en el que se encuentran las lobas “alfa” a finales de febrero-marzo. Con toda probabilidad el macho iba en su persecución. Se apreciaron paradas con abundante actividad seguramente por intentos de cópula o su consumación.

Mi atención se congela como la temperatura del ambiente y se concentra en el itinerario imaginario a seguir. Aparecen los primeros rastros. Y la primera huella. -¡Son ellos!, ¡lobos!-. Las aletas de la nariz y mis pupilas se expanden, mi pulso se acelera, mi sistema nervioso sólo responde para este momento. Trazos azarosos de recorridos de al menos cuatro lobos, el amarillo de la orina en contraste con el níveo, el pisoteo para concentrar la postura en su proyección; el excremento coronando la cima nevada del brezo, los carriles confluyendo hacia la carnicería y, ante mi, por fin, el escenario de dolor, lucha y sangre. Son recientes las horas del desenlace, quizá las del orto. Tres plateas de alimentación enrojecidas; canales, la tráquea y el cuerpo dividido en dos esparcidos en un radio de cinco metros. La ofrenda al Dios Lobo fue un ciervo, éste se entregó en sanguinolento tributo sacrificando su existencia.

 

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Zona de alimentación fotografiada a la distancia. La vegetación agitada por la actividad se descubre desprovista de nieve.

 

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Carlos, fundador de Lobisome Naturaleza, durante la jornada de rastreo. Si quieres conocer mi bagaje profesional con fauna salvaje: Sobre nosotros

Más información:

Amorios lobunos en la Sierra de la Culebra.

Inspiraciones observando lobos en la Sierra de la Culebra.

 

 

 

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