ver, observar, lobo, Sierra de la Culebra

El lobo es para nosotros un recurso para expresar sentimientos y emociones. Acumulando observaciones de lobos y de sus presas en la Sierra de la Culebra en compañía de nuestros clientes, nos ha permitido generar numerosos textos describiendo la intensidad de los momentos vividos. Si alguno de vosotros nos acompañasteis, esperamos haceros rememorar vuestra experiencia con Lobisome Naturaleza.

 

    «La magia y el misterio se adorna de ancestral pasado y en donde la figura del cánido se proyecta sobre bastas y orgullosas tierras. En nuestra culebreante sierra, se viaja en el tiempo y el aullido es nuestro himno, solo la pasión por descubrir puede traerte hasta aquí». 

 

   «El frío se manifiesta en una nevada sin copos, es enero, y la helada es la precipitación. También es el ecuador en el cortejo del lobo. El sol irrumpe y todo parece arder. Los pitos reales descubren de nuevo la resonancia de la madera muerta; otro cánido, que todo lo impregna de almizcle, ladra a la zorra. Nuestros cuerpos se desentumecen, hasta nuestra retina se dilata y agudiza en la detección. Y, así sucede. Dos lobos se encuentran distanciados de un tercero en torno a los 1000 m, todos los ciervos en un radio de un km tensan el cuello y el aire es resuello. Transcurren los minutos y los marcajes se suceden con rascaduras, deposiciones, restregones en el suelo, orina (hasta descubrimos el sexo de la autor/a)…son los prolegómenos de una nueva generación. El goce de la observación finaliza con satisfacción y el alivio de que, en esta ocasión, no sólo no se nos han escapado, sino que incluso, nos dieron clases de comportamiento lobuno. Nuestros rostros reflejan el pulso, la emoción de sincronizar con la vida salvaje».

 

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    «En una mañana fría, el sol, con tibieza, comienza a termar el aire. La cencellada se desvanece de ramas y pastizales. Es cuando con el pelaje “engominado” por la humedad de la vegetación, los lobatos buscan la radiación o apuran plácidamente una extremidad de su última presa».

 

    «No hay amanecer en que no te embargue la emoción de un esperado encuentro lobuno. Su conducta esquiva alimenta el misterio y la presencia temerosa de sus presas la imaginación».

 

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    «El futuro de una especie otea como lobato sobre un lecho de pizarras. Físicamente ya son dignos representantes de su casta ibérica y recortan los perfiles con mirada inquisitiva. Sus fornidos miembros rejonean silenciosos los matorrales, el pelaje destella dorado al amanecer y su trote anticipa lo que será un gran perseguidor de gráciles presas».

 

    «Siempre vigilantes, nada escapa a su escrutinio. Imperceptibles, aparecen desde el misterio. Eficaces trotadores nos destinan incansables a su búsqueda».

 

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    «Entre violáceas callunas, los aguerridos se pertrechan de coronadas cuernas; la tensión de la brama desafía y golpea el aire; el harén homenajea con la cópula lo defendido a sangre y cornamenta, sólo los elegidos son honrados con el destino a perpetuar.Escenas de un amanecer en el incipiente y voluptuoso otoño en la Sierra de la Culebra».    

    «El privilegio de experimentar lo que cualquier amante de la naturaleza espera vivenciar alguna vez en su vida: escuchar el sobrecogedor clamor de libertad de una manada de lobos. De forma espontánea, ya anochecido, una “cachorrada” (como la denominan en Zamora), expandió desgarradora entre sombras y nieblas su himno de comienzo de actividad nocturna. Temibles depredadores y sus iniciados, al unísono, reivindicaron su lugar en un planeta con derecho a futuro. La Sierra de la Culebra es por excelencia tierra de lobos».

 

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  «Intuimos, apenas apreciamos el movimiento, nuestra visión deficiente (ciervos) nos obliga a ventear el aire. La vida pende del acierto y dirección de la amenaza. Los sentidos radian a derredor, la muerte se asocia en manada y se pertrecha de colmillos y atlética; nada pasa desapercibido. Tensamos el movimiento y la huida salta como resorte. Solo esperamos que la carrera no termine en persecución y nuestro músculo trinchado bajo poderosas carniceras. El fin de un instante, perpetúa la continuidad».

 

    «Dos titanes rivalizaron fuerzas sobre el dramático escenario de la vida. Un poderoso macho de jabalí, en acorazada carrera, el pánico crepitó su sangre bajo una tensa y gélida noche de febrero en la Sierra de la Culebra. En su caza, un descomunal macho de lobo se tornó como el elegido para derrotar a semejante Goliat. Amoladeras trazaron navajazos defensivos ante cohorte de carniceras y perfilados colmillos. El desenlace interpretaría agotamiento y resistencia, sangre y exhalación… agudo gemido y estertor, sobre la escarcha y bajo un cielo despejado de invierno. Tanto palpita la imaginación, que el corazón se agita atávico».

 

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  «No existe futuro sin un presente que lo contemple. Las próximas generaciones deben suponer el relevo de otra cultura ya emprendida: la que reclama el valor intrínseco de la vida en todas sus manifestaciones. El lobo es el mayor recurso educativo con el que contamos, de nuestro instinto aflora el respeto y admiración hacia un ser que reúne cualidades cuasi humanas, nexo incomparable para conocer y amar la naturaleza. Él nos transmite los sentidos y las emociones, los orígenes con su reencuentro en salvaje armonía, único aval venidero. Su aullido no cesará mientras clamemos por su conservación».

 

    «El corzo es el ciervo miniaturizado, esquivo y sigiloso, grácil y danzarín en su ballet por pastizales y brezales, la frágil resistencia salvaje, el miedo, que raudo y escurridizo se convierte en la presa del lobo».

 

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  «Los cárabos, en su melancólico ulular, impregnan de misterio la atmósfera de calles de luz mortecina; las lechuzas, como estelas, irrumpen fugazmente en la visión del ventanal; el bramar de los ciervos mece los últimos instantes de vigilia y, al amanecer, son las huellas las que descubren que además, el lobo, con su habitual sigilo, danzó en la sonoridad de la noche ante la puerta».

 

   «Voluptuosa se adornó la montaña de cielo y nubes; el río, espejo de plateas multicolor, se rindió a la primavera en su magnificencia; la imaginación, escenario invisible, solo es paisaje cuando se refleja en el lobo; aquí, él, aún existe en la discreción».

 

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  «Un harén compuesto por ocho ciervas y un portentoso macho, de súbito yerguen el cuello y todos en coreografía giran hacia la misma dirección. Se agita el matorral, la tensión es manifiesta sobre todo en quien porta la cuerna, al frente, tres lobos a escasos cien metros despiertan lo que vienen a llamar la ecología del miedo. Uno se desmarca, busca terreno abierto en la pista inmediata, discurre en su trayectoria hasta coincidir con una desprevenida cierva entregada al ramoneo. El propio lobo se sorprende de su distracción, reorienta incrédulo su atención varias veces, ralentiza el paso convertido ya en sigiloso, se sienta y hasta se recuesta, la cierva continúa absorta…se inicia entonces el ataque, las poderosas musculaturas se tensan para la huida y también para la persecución, la vegetación crepita bajo la pezuña y el temible depredador, sin la cobertura de la manada, desiste en escasos metros frenando la carrera al ganar distancia lo que pudo ser presa… ».

 

    «Emoción, esperanza en unos instantes de la vida que se antoja generosa por brindar la oportunidad de trasmitir sensibilidad y consciencia a las generaciones futuras; ellos (los niños) recibirán el legado de un planeta moribundo, ellos son la avanzadilla por instruir. En la guerra ambiental prevista, el corazón debe expandirse en pechos fuertes, latir humilde y noble, sobrecogerse ante la crueldad y plegarse al dolor de todo ser vivo que lo manifieste».

 

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«Cinco lobos nos ayudaron, se ayudaron, a moldear un futuro mejor, para ellos y para nosotros. Observar lobos en libertad, forja sensaciones de un planeta primigenio, de un mundo que aún palpita y sorprende a quien desconoce, por inocencia, la fragilidad. La vida, como aula, no precisa de maestría».

 

    «Dominio errante de basta luminaria, que vaporosa, se refleja vespertina.Todo libre, hasta la amalgama, infatigable y vigorosa. Él, siempre emboscado, convierte espectral lo recóndito,y hasta la luz, furtiva queda en su mirada. No me busques, siempre que aquí me halle, amaneciendo en la Sierra de la Culebra».

 

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    «La luz, henchida, atrapa etéreas brumas, y el tiempo transita impertérrito en tierras primigenias. Donde ocultas quedan las formas, solo el supuesto palpita en eterno equilibrio. Entre sombras, el escrutinio depredador danza en sincronizada jauría; el reto ya no es sobrevivir, sino desafiar al miedo, ese que libera a la presa. La umbela morada del brezo se desprende al roce de distinto pelo y, cruje al alba el leñoso porte que sucumbe a la huella. Del acecho, quien se encarga, abate a pulmón y colmillo, y la astucia, urde la estrategia. La dimensión de quien captura, la alianza, y la salvación del acechado, la huida vigorosa. Nada escapa a la implacable armonía, aquella forjada en barro y sangre, bañada en sol y lluvia, nacida entre materia y energía…».

 

    «El invierno pincela dorado el pelo del gran depredador confundiendo aún más su esquiva omnipresencia entre la vegetación. La expectación se magnifica con las imprevistas y temerosas huidas de ciervos, jabalís y corzos…¡soberbio escenario! ».

 

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  «Encantadores de emociones, así nos cautivan los lobos, de este modo secuestran nuestros instintos…la naturaleza se torna vibrante en cuanto se desliza un trote acechante y la camaradería es simbolizada en cuadrúpeda lealtad…la pasión acelera el pulso, dilata las pupilas y agudiza el olfato; los músculos concentran la tensión presenciando el estilismo predador».

 

    «El escenario de la vida presentó reparto generosamente. Las portentosas armaduras en liza de los ciervos, la delicada gracilidad de los corzos, los robustos jabalís en batallón, y por supuesto, el lobo, menudeando presas y preparando encame entre los tortuosos brezales…..mágico y gélido encuentro salvaje».

 

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    «Con paso etéreo entre brezos ralos y hocico prospector, pelo dorado al amanecer y mirada escrutadora, él, el lobo, es sabedor de su estrellato. Su momento más lobuno lo presenciamos ante su esbelta pose de orejas inhiestas, belfos cenicientos y afilado perfil de cánido salvaje. Todo, en su conjunto, y sin lugar a duda, lo convierte en el característico depredador al que representa. Todo, hasta su inesperada cabriola de perro juguetón al encuentro de un invisible compañero de manada oculto entre la vegetación. Nuestras emociones entonces quedaron confundidas entre lo indómito y lo doméstico, reflexivos ante los inescrutables albores de la evolución».

 

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    «Un aguilucho pálido, en vuelo prospector, aterra formas aladas o roedoras entre los pequeños calveros herbáceos que se rebelan entre el matorral; grupos de ciervos diseminados ramonean plácidamente lo más tierno de lo leñoso; los corzos, en pareja, algunos acompañados de su cría, pastan siempre con el temor vigoroso. La luz, retrocediendo por el manto de la noche, nos deja entrever la silueta inconfundible de quien decide si el ambiente se tensa o reina el sosiego. Incluso siendo un inocente e “inofensivo” lobato en solitario brincando lúdicamente en su entrenamiento vital, desconcierta a dos hembras de ciervo que se encuentran, a escasos cincuenta metros, entre la vida o convertirse en alimento. Éstas, yerguen, erizan y contraen hasta el último músculo, pelo o miembro. El aspirante a matador comienza a mostrarse poderoso consciente de su protagonismo».

 

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«La temperatura y la luz moldean forma y confieren dinámica a los elementos. La humedad ambiental reposa pesada y convertida en fractal cristalino, en crépitos destellos sobre la hierba agostada; la niebla, efímera y errante, danza deshilachada y caprichosa por laderas y copas; la alborada tiñe de fingida calidez al frío monocromo y mortificante. La vida, férrea y retenida, espera su acto, salvo el lobo, permanente coreógrafo. La belleza ahora es inerme, dotada de alquimia, magia y superstición».

 

 Y así nos lo manifiestan quienes nos visitan 😍

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